viernes, 14 de agosto de 2009

El Partido Liberal Democratico- A. San Francisco

Parte del trabajo de San Francisco.

14. REFLEXIONES SOBRE UNA DISIDENCIA AL INTERIOR DEL PARTIDO:

PEDRO PABLO FIGUEROA Y LOS PRINCIPIOS DEL LIBERALISMO DEMOCRÁTICO

Pedro Pablo Figueroa fue una de las figuras importantes de la prensa chilena de fines del siglo XIX, siendo fuente de conocimiento de los grandes personajes de la época y propulsor de las ideas del liberalismo democrático. Destacado periodista, fue el fundador del primer periódico balmacedista después de la guerra civil, El Progreso, de Talca159.

Sin embargo, el pensamiento de Figueroa difería en diversos temas con sus correligionarios160. Entre los muchos tópicos tratados por Figueroa, nos concentraremos en dos de ellos, por considerarlos más propios de la división política al interior del balmacedismo: el discurso antioligárquico y las críticas a Enrique S. Sanfuentes, Presidente electo del Partido.

Producto de su contradicción con el Partido Liberal Democrático publicó un pequeño opúsculo sobre Los principios del Liberalismo Democrático, a fines de 1893161.

Las ideas de Figueroa siguen, en buena medida, la agria y sistemática campaña de La Nación, a fines del gobierno de Balmaceda, contra "la oligarquía", considerada como la autora de los males sociales y la causante de la revolución, en oposición a la democracia, al pueblo defendido por el Presidente162: "Siendo la forma política democrática la única base de los gobiernos fuertes, la asamblea liberal del partido ha debido propender a convertir en su programa ese credo fundamental del progreso moderno, como una doctrina de justicia para el pueblo oprimido y como protesta de condenación de las oligarquías que pretenden hacer un feudo del país"163. Parte de ese espíritu que Figueroa criticaba estaba presente entre los mismos balmacedistas, que serían "la oligarquía resucitada, en el que la idea democrática ha sido borrada de la escena"164, mientras el pueblo solo era "un mártir de la oligarquía y de la injusticia política"165, en tanto había quienes mandaban en el partido "porque tienen dinero o audacia para adueñarse de él como si fuese una propiedad transferible"166.

El otro aspecto es la crítica amarga contra Enrique S. Sanfuentes, electo Presidente del Partido Liberal Democrático en noviembre de 1893. Las razones de Figueroa dicen relación, fundamentalmente, con dos aspectos de la trayectoria de Sanfuentes: su actitud en la guerra civil de 1891 y su situación después de la derrota balmacedista. Así lo resume: "Se ha designado Presidente del Directorio General al Señor Enrique Salvador Sanfuentes, que rehusó servir al partido en sus días más difíciles; que le negó sus consejos, sus recursos y hasta su nombre en la desgracia"167. A ello, agregaba: "Su bandera, es su persona. Su programa, su nombre"168, acotando que Sanfuentes adolecía de "personalidad ambigua, sin un carácter definido"169.

Durante la guerra civil, afirmó Figueroa, Sanfuentes se había apartado de Balmaceda con excusas antipolíticas, en la hora de los máximos peligros. Había abandonado al Presidente en la hora más aciaga, cuando se probaron los verdaderos amigos. Para reafirmar su posición, cita el intercambio de cartas entre el Presidente y su ex Ministro, que habían sido publicadas por El Ferrocarril el 10 de septiembre de 1891, muy poco después de la victoria del Congreso (estas son las cartas que hemos extractado más arriba, de enero y abril de 1891)170. Incluso más: después de la guerra civil, Sanfuentes tampoco habría obrado correctamente, porque les pasó las cartas a los opositores, para ser publicadas. Además, no sufrió ningún tipo de persecuciones, como las que sí afrontaron miles de balmacedistas, ni colaboró con los caídos: "era necesario someterse a las leyes del vencedor", habría dicho Sanfuentes a uno de los soldados que fue a pedir su ayuda para el partido171. Como prueba de que ya no era amigo de Balmaceda, Figueroa señala que las cartas finales del Presidente se dirigieron a los señores Claudio Vicuña y Julio Bañados Espinosa, cuyas residencias ignoraba. "¿Por qué el señor Balmaceda no dejó encargo alguno al señor Sanfuentes que se encontraba tranquilo en su residencia de campo? Porque ya no lo consideraba ni su amigo ni su correligionario después de las declaraciones de Abril"172.

Por último, Figueroa criticaba la sola idea de celebrar y buscar acuerdos, en circunstancias que miles de balmacedistas continuaban sufriendo el exilio, la cárcel y las persecuciones. La victoria de Sanfuentes, en este sentido, representaba un retroceso político, y también social: el triunfo del dinero, de la oligarquía al interior del propio Partido Liberal Democrático, un nuevo retraso del pueblo en su acceso al poder, además de la transacción en medio de las dificultades173.

El mismo Pedro Pablo Figueroa reclamaba que se le habían cerrado las puertas de la Convención por considerarlo "disidente", en circunstancias que él había arrostrado peligros durante las persecuciones y había defendido con su pluma la causa del balmacedismo, a través de la prensa y algunas publicaciones174. El mensaje de Figueroa es de una agresividad no vista al interior del liberalismo democrático, consagrado a consolidar su unidad después de 1891: "es menester que se comience por extirpar en nuestro propio partido los vicios inherentes a los hombres acostumbrados a imperar"175.

He creído conveniente reproducir los comentarios agresivos de Pedro Pablo Figueroa para representar una visión más crítica de la restauración balmacedista desde sus mismas filas. En alguna medida anticipa lo que será el demoledor ataque de sus opositores y de la historiografía, que acusan al Partido Liberal Democrático de haber traicionado los ideales del Presidente-mártir, solo por consideraciones de ambición política y búsqueda del poder176. Pero también es trascendente porque el balmacedismo sufrirá sucesivas crisis internas -habituales en el liberalismo chileno- que también reflejan, en alguna medida, las opciones de acercamiento que el Partido fue tomando hacia los enemigos de 1891 (primero los liberales y luego, incluso, los conservadores) y hacia el régimen político parlamentario, que tanto fustigaban.

Caso típico de esta división se produjo en la segunda Gran Convención post-guerra civil, la de 1896, cuando el liberalismo democrático debió enfrentar una nueva escisión177. Dicha reunión balmacedista fue presidida por Enrique Salvador Sanfuentes, el denostado líder elegido en 1893, quien reconoció que "para conseguir el éxito era ante todo necesario suavizar las asperezas, cicatrizar las heridas, amortiguar las pasiones y los acerbos agravios que creara la reciente lucha"178. Era la hora de la reconciliación con los enemigos ocasionales, pero siempre compatriotas.

15. REFLEXIONES FINALES

El Partido Liberal Democrático, a juicio de algunos analistas de sistema parlamentario chileno, fue "el más original de los partidos políticos chilenos"179.

Su novedad radicaría, por una parte, en su exclusividad en la defensa del sistema presidencial, y por otra, en su participación dentro del parlamentarismo, dejando de lado las consideraciones teóricas, alejándose de los deseos de su fundador y de lo que eran las declaraciones expresas del Partido Liberal Democrático.

La reinserción política de los vencidos en la guerra civil de 1891 fue extraordinariamente rápida. Ese mismo año lograron publicar El Progreso, periódico que circuló en Talca. En 1892 los balmacedistas realizaron numerosas reuniones políticas para unir fuerzas en torno a la reorganización del partido. En 1893, en tanto, llevaron a cabo, también en Talca, la Gran Convención del Partido Liberal Democrático, la primera y más notable reunión pública después de la amarga derrota armada en la guerra civil180.

Paralelamente, los seguidores del Presidente Balmaceda realizaban otro tipo de actividades tendientes a restaurar la figura e ideales políticos de su fundador.

Entre ellas lo más destacado fue el intento -cristalizado en varias obras de importancia- de escribir la historia del gobierno de Balmaceda y la guerra civil de 1891, iniciada por amigos y ex Ministros de Estado, además de familiares de Balmaceda: Julio Bañados, Joaquín Villarino, José Miguel Valdés Carrera y Rafael Balmaceda, los más importantes.

Si bien el balmacedismo aparecía como unido en medio de la derrota, es evidente que también estaba consciente de las posibilidades de división interna, fruto del espíritu de facción que el "Presidente-mártir" había denunciado como uno de los principales males de la política chilena. De ahí que el Partido declarara que "la disensión no podrá penetrar en nuestras filas. Esta antipatriótica tarea encontrará siempre la severa condenación de todos los que nos interesamos por la suerte y el porvenir de nuestra gran causa"181. Sin embargo, ya desde el comienzo se notaron estas diferencias, a través de las críticas al Presidente electo del Partido Liberal Democrático, Enrique Salvador Sanfuentes.

Creo que hay, al menos, dos explicaciones para esta falta de unidad política y personal de los seguidores de Balmaceda. En primer lugar -alguna historiografía así lo ha señalado- en la Convención de 1893 habría triunfado el sector más tradicional del Partido, sobre el ala mediocrática, estatista y antioligárquica, que representarían, entre otros, Pedro Pablo Figueroa y los obreros y periodistas de Iquique (lugar donde ese espíritu habría sobrevivido a pesar de la derrota en la Gran Convención)182. Alejandro Venegas -conocido como el Doctor Valdés Cange- autor del ensayo crítico Sinceridad en el año del Centenario, había destacado este aspecto de la restauración liberal democrática: "La ilusión duró muy poco; desde un principio hicieron cabeza no los más balmacedistas, sino los más aristócratas"183.

Sin embargo, estimo que también hay otro factor -minusvalorado y, por tanto, que dificulta una adecuada comprensión del proceso- que contribuyó a la imposición de esa vertiente del liberalismo democrático. Se trata de la necesidad de reinserción política por las vías legales, dejando atrás los dramáticos efectos de la división que significó una guerra civil y los miles de muertos en Chile. Los sectores más rebeldes buscaban esta incorporación sin concesiones ni alianzas con los antiguos enemigos: "¡Solos! ¡Solos! - escribía Joaquín Villarino. Y esperando y trabajando: tal es mi ideal"184. Mientras Pedro Pablo Figueroa reflexionaba: "Los hombres pueden olvidar las ofensas inmerecidas; pero los partidos jamás deben permitir que prescriban sus injustos martirios. Se nos dice que no hacemos labor política, porque no dejamos lugar a la reconciliación de los partidos… Pues bien; preferimos quedar sindicados de bizoños en asuntos de política convencional, antes que concurrir a pactar una humillación sangrienta para nuestra causa"185. Así también lo sostenía en una carta escrita desde el exilio en Argentina, Ismael Pérez Montt, argumentando lo siguiente: "No caben, en efecto, transacciones ni alianzas con enemigos, que no adversarios, crueles y tenaces en sus odios y pasiones"186.

La opción de los balmacedistas fue diferente, sin embargo, y ello determinó muchas cosas en la política chilena durante el parlamentarismo. En la Gran Convención de 1893, más allá de las críticas al régimen parlamentario y los recuerdos de los mártires de 1891, el Partido Liberal Democrático optó por actuar políticamente dentro de la legalidad, esto es, dentro del mismo sistema que condenaban y que Balmaceda había denostado hasta el último minuto. En ese sentido debe entenderse el liderazgo de Enrique S. Sanfuentes y la actitud futura del partido dentro del parlamentarismo. Debemos considerar que, una vez decidida la inserción dentro del sistema político, los balmacedistas buscaron la unidad entre quienes habían compartido en el pasado los ideales del liberalismo. La condena al gobierno de coalición -esto es, cuando participaban los conservadores en la alianza de gobierno- encerraba una dimensión creativa, cual era la unidad de los distintos grupos del liberalismo, incluidos los balmacedistas. Esa posición, sumada a la voluntad del gobierno de Jorge Montt en favor del olvido de las divisiones pasadas, algunas de cuyas principales manifestaciones fueron leyes de amnistía, favoreció un ambiente de reconciliación y renovación de la unidad nacional perdida. El criticado régimen parlamentario mostraba una de sus caras plausibles: la capacidad de buscar acuerdos, el valor de los compromisos, la creencia en la virtud de la discusión187.

Por ello, Enrique Salvador Sanfuentes pudo reconocer en 1896, en la segunda Gran Convención después de la guerra civil, la posición dominante en el partido a partir de 1893.

"Para conseguir el éxito -señalaba el líder del liberalismo democrático- era ante todo necesario suavizar la asperezas, cicatrizar la heridas, amortiguar las pasiones y los acerbos agravios que creara la reciente lucha; era indispensable cimentar sobre la base de la igualdad de derechos y deberes nuestras relaciones con los liberales que hicieron la revolución de 1891"188.

Era ya otro el momento histórico, y los balmacedistas debían prepararse para actuar dentro de la realidad política existente hacia 1893. Entonces coexistía en el Partido Liberal Democrático una renovada adhesión teórica al régimen "propiamente Representativo o Presidencial" con una capacidad -¿oportunista? ¿pragmática? ¿quizá la única viable en la ruta de la reconciliación chilena?- de participar en los procesos electorales y en la política chilena dentro del parlamentarismo real, instaurado "en los campos de batalla" en palabras del ex Presidente José Manuel Balmaceda189.

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